Vivíamos muy cerca de grandes estadios de deportes. Incluso hoy, cuando cuento a la gente dónde crecí, muchos recuerdan el barrio de la época en que el sistema educativo los derivaba equivocadamente a la práctica de atletismo. “No es que yo fuera bueno en eso”, te dicen, “pero el nivel era tan bajo…”
Mis compañeras de curso ganaban competencias. Todos juntábamos figuritas y adhesivos, pero ellas tenían además crecientes colecciones de copas y medallas. Yo temía a las pelotas en los deportes de pelota. Hasta caminando perdía el equilibrio.
Cosas como danza o algún instrumento musical estaban bien vistos en el barrio de los estadios de deportes, pero no se les dedicaban eventos especiales ni orientaciones escolares. En cambio, había clase de deportes tanto en el intermedio como en la secundaria y las pruebas de admisión para los chicos de sexto eran una fiesta. Creo que en la primaria, todos los cursos eran de orientación deportiva. A los varones les gustaba el fútbol, y a las chicas les gustaba el fútbol y se disputaban la mejor cancha. Había varias canchas, en mi opinión eran cinco o seis. En todas partes se podía jugar al fútbol, incluidos los pasillos. Claro que en los pasillos no estaba permitido y los sancionaban si los sorprendían.
En la parte de las canchas de tenis había una sucursal de Macabi donde tenían lugar las actividades para niños. Mi amiga Keren iba a gimnasia de suelo ya desde el jardín de infantes, antes de que nos conociéramos. Ese era su currículum vitae entonces, y a mi me despertaba mucha curiosidad. Yo le preguntaba una y otra vez a qué edad exactamente empezó a practicar y la respuesta no era conducente. Ella no contribuía con más exactitudes. A los cuatro. Tal vez yo quería preguntar lo contrario: ¿A qué edad dejarás de practicar? ¿Hasta cuándo seguirás con eso? Entonces ella tuvo un percance y se lastimó, y la mamá la sacó de gimnasia.
Después de tantos años de gimnasia, ella era buena en fútbol y la invitaban a jugar con los varones. Me lo ocultó. Lo descubrí al final de cuarto, cuando los varones nos arrebataron una esquela que intercambiábamos entre nosotras y se enteraron de que Keren estaba enamorada de Tzaji Rajamim y se enojaron como si ella planeara asesinarlo. Durante varios días fue objeto de sus burlas. Todo lo que se sabía de ella era utilizado en su contra. Dor Jefetz, que tenia una profunda cicatriz en la cara por una pelea con un perro, dijo que, aunque no se hubiera lastimado cuando practicaba gimnasia artística, igual nunca habría ganado un campeonato. Los varones se reían. Él dijo que ahora quedaría para siempre enana sin horizonte. Tuve que intervenir. “Quizá no pueda practicar más gimnasia, pero los hace de goma a ustedes en el fútbol”.
“Para nada”, dijeron ellos riendo más.
Keren me miró enojada, con lágrimas en los ojos, y dijo: “Para nada. Por qué hablas por hablar”.
Y los varones corearon riendo: “Para nada”.
Entonces también ella rio y dijo “Es cierto, nunca afirmé lo contrario”.
Me alegró que por fin terminara el castigo por sus sentimientos, pero no duró mucho tiempo. Cuando los varones pescaron la siguiente esquela, ya no tuvo perdón. No la volvieron a invitar a jugar con ellos.
En quinto nos tuvimos sólo la una a la otra. Después de clases, veíamos series en la tele y competíamos por parecernos a las niñas cuyo encanto llenaba la pantalla, la ropa les sentaba, la sagacidad de sus respuestas superaba la de los adultos que las rodeaban. Keren se peinaba como ellas, porque podía, ya que su cabello de por sí era largo y claro. Yo aprendí a hablar un inglés fluido. Memorizábamos los nombres de las actrices, la historia de sus vidas y siempre persistía la pregunta de quién preferíamos ser, si el personaje de la serie o la actriz que lo personificaba.
Hacia fines del último curso de la escuela primaria empecé a escribir mi libro, enseguida después de finalizada la prestigiosa colonia de teatro a la que rogamos inscribirnos porque se llamaba oficialmente, curso de verano. Los niños del centro de la ciudad eran sofisticados para inscribirse en cualquier colonia. Resultaron demasiado sofisticados también para nosotras y nos aventajaban en todo lo relativo a escena. No sólo conocían obras de teatro de verdad y sabían recitar parte de ellas de memoria, sino que se desenvolvían bien en canto y en interpretación de instrumentos como el contrabajo o el clarinete. En el club de barrio se ofrecían sólo clases de piano y flauta dulce (si bien es cierto que había una nena que tocaba flauta traversa, pero era inmigrante nueva llegada de Suiza).
Cuando finalizó el curso, la mamá de Keren nos llevó a comer pizza en el centro de compras del barrio. En el camino, en su auto al que llamaban cascajo, le anuncié a Keren que había perdido todo interés en la actuación y que mi hobby de ahí en más sería escribir. Tenía una idea para escribir un libro que se me ocurrió cuando interpretamos objetos inanimados en la representación final de la colonia y por última vez observé a los chicos del centro de la ciudad interpretándose a si mismos a quienes se les pidió que se sentaran sobre nosotras siendo sillas, nos dieran golpecitos para inflarnos siendo almohadones y vertiendo agua de nosotras siendo jarras.
“Quiero escribir un libro sobre una nena con gran talento actoral a quien contratan para actuar en una serie de televisión norteamericana”, dije. Imaginaba el escenario donde estaba parada mi personaje que audicionaba ante quienes la evaluaban para contratarla, un escenario más ancho y más alto que aquel en que nosotras nos doblábamos como caños y nos tensábamos como colchones.
En el viaje, Keren me ayudó a buscarle nombre a mi libro (aunque hasta fines del verano seguí debatiéndome entre ‘Actriz nata´, o ´Actriz a primera vista´), y después dijo que, si yo voy a ser escritora, ella será poetisa.
“Las envidio, chicas”, dijo la mamá de Keren.
Cuanto más escribíamos, más se aguzaban nuestros sentimientos para con los temas sobre los que escribíamos. Keren escribía poemas de amor a Tzaji Rajamim, y cuanto más escribía, más se enamoraba de él, aunque durante todo el verano no había sabido nada de él. Yo llené un cuaderno grande con espiral con relatos sobre Lian, una niña israelí que actuaba en una serie norteamericana y yo cada vez sufría menos el abismo que me separaba de ella. Es sabido que para acercarse a un objetivo hay que verlo con claridad. Los libros de autoayuda que se publicaban a montones en los 90´ insistían a sus lectores que imaginaran con lujo de detalles la abundancia a la que aspiraban. Es probable que eso haya sido lo que quise hacer con Lian. Ese libro era la autoayuda que yo estaba necesitando, gracias a él imaginé exactamente lo que quería y no podía llegar a pretender nada más: Lian no tenían superpoderes y no era contorsionista ni clarinetista. Era actriz en una serie norteamericana y punto. Su cabello, sus uñas, las paredes de su cuarto, su ropa y la maleta en que la embalaba en sus traslados de un lado a otro eran de cierto color y no de otro, y hasta su nombre era fijo, a pesar de que la tentación de cambiarlo en cada capítulo era grande. Cada nombre que oía y no pertenecía a ninguna chica de mi curso, era como un instrumento musical brillante que yo quería tener en mis manos, aunque no supiera sacarle ningún sonido, pero no caí en la tentación. Lian siguió siendo Lian y todo el tiempo le pasaban cosas buenas sin que se esforzara. Primero, la aceptaron en la Escuela de Arte del centro de la ciudad. Dado que era alta y hermosa, le dieron el rol principal en la producción de la Escuela y su actuación maravilló a todos. Dos examinadores con camperas de cuero negro la llevaron del ensayo general en el salón de gimnasia del colegio directo a la Escuela de Arte del centro de la ciudad. La mamá de Keren dijo que yo no hacía buen uso de la escritura, que en vez de conducir a mi personaje heroicamente entre obstáculos, le fabricaba una vida perfecta. “Tienes que crearle problemas”, me dijo. Al final del cuaderno la volví anoréxica y la mamá de Keren quedó satisfecha.
Sólo Keren y su mamá leían lo que yo escribía. Yo practicaba con paciencia. Creía que durante aquel último año de la primaria publicaría mi libro y cuando eso sucediera, cuando asombrara a mis maestras y a mis compañeros, las diferencias entre Lian y yo se borrarían. Keren, en cambio, no tenía paciencia, y cada vez que terminaba una poesía, se comunicaba con el programa que le gustaba en el canal infantil y esperaba que la invitaran al aire a leerla en voz alta, y no fue en vano. Dos veces leyó sus poesías y la tercera empezó a leer y se cortó la comunicación. Pero entonces, pocos días antes de que empezáramos sexto, me contó que se habían comunicado con ella para invitarla a participar en vivo. “Qué bien”, dije. Como a mí me parecía un programa menor, no me despertó sentimientos. Los conductores del canal infantil me parecían derrotados y encerrados en sus carreras casi como las maestras del colegio, quizá porque hablaban hebreo.
“Tzaji me va a ver en el programa que me gusta”, me dijo Keren por teléfono.
“No sabes sus horarios ni qué hace durante el día”, respondí.
“Pero…”
“No tienes idea si verá o no tu programa, te lo digo por tu bien”.
Aceptó no declarar que lo hacía para Tzaji. Se lo hice repetir cinco veces con ritmo de marcha militar. Después dijo que iba con su mamá a comprarse un vestido para la ocasión y me invitó a acompañarla.
Comimos más de lo que éramos capaces mientras le acortaban el conjunto de jeans que Keren terminó eligiendo. Su cuerpo musculoso de ex gimnasta no se veía bien dentro de un vestido.
“Vendrás con nosotras al estudio, ¿no es cierto?”, me preguntó la mamá de Keren. Yo tenía la boca llena y no pude responder.
“Déjala, ma”, dijo Keren, “a Hagar no le gusta el programa. Nosotras la queremos a pesar de lo snob que es”.
Pero, la palabra estudio tenía un carisma en el 2000 que era independiente del contexto. Una visita a los estudios del canal infantil era lo más cercano a la participación en una serie norteamericana a que podía tener acceso. Vaya uno a saber quién anda por esos pasillos ni qué se propone producir algún día. De modo que tragué y acepté ir. El patio del estudio era más colorido que cualquier otro lugar que yo conocía. Toqué todo lo que se podía tocar. Levanté los brazos y salté en alto, y la mamá de Keren me tomó una foto trepando a una montaña violácea mientras adentro, la conductora del programa se presentaba ante Keren.
“La conductora le dijo a Keren que parece una muñeca”, me susurró la mamá de Keren e hizo un gesto de disgusto. “Le dije que ella era la que se veía como una muñeca”.
Monté una motocicleta de Telgopor cuando una muchacha con anteojos salió al patio y miró en derredor. Vi la carpeta que llevaba bajo el brazo y su mirada decidida, y la encaré. Si no era a mí a quien buscaba, yo no tenía más remedio que convencerme de que sí. Me dirigí a ella como si hubiéramos pactado una cita.
Ella me dijo, “¿Tú eres la amiga de Keren? ¿Quieres participar en ´Llamada por cobrar´ la semana próxima?”
Así se llamaba el programa. El estudio estaba armado como una cabina telefónica dentro de la cual había dos bancos altos, lo cual permitía cierta simetría entre el adulto y el niño. Los conductores del programa, un muchacho y una muchacha, se sentaban alternadamente frente a un niño o una niña de entre diez y quince años y conversaban sobre temas elevados. Debido al nombre del programa, supuse que los niños debíamos presentar algún problema que nos angustiara. Era el año 2000 y los niños no tenían teléfonos celulares y el término ´por cobrar´ (en hebreo se usa la palabra govaina) era para mí sinónimo de dolor de panza, de cuadernos perdidos, de noches de insomnio en pijamadas y de la conciencia de no ser capaz de resolver ninguno de mis problemas por mí misma.
Acepté. Nos sentamos a ambos lados de una mesita de picnic en un extremo del patio y conversamos. La productora aseguró que, de los temas que yo propusiera, ellos elegirían uno para desarrollar en la transmisión, y por eso me preguntó en tono homogéneo una serie de preguntas que leía de una hoja de su carpeta.
“¿Cuál es tu maestra preferida?”
“La de inglés”.
“¿Por qué?”
“Porque es de Los Ángeles”, dije y noté que ella no se asombraba de mí, y agregué, “ella tampoco se sacude por nada”.
“¿De qué debería sacudirse?”, me preguntó.
No hallé respuesta.
“Tú crees que sacudes?”, preguntó.
“Lo creo posible”.
Ella anotó un comentario largo.
“¿Qué quieres ser cuando seas grande?”
“Escritora, abogada, sicóloga, actriz y responsable del casting, pero no de programas como éste, más de films y series”.
“¿Por qué no de programas como éste?”
Me encogí de hombros.
“Bueno, sabes que no podrás ser todo eso a la vez. Deberás elegir”.
“Me preguntaste qué quiero”, dije, “no qué es lo que seré”.
“Yo escribo una, elige”, insistió.
Callé.
“Pongo abogada”.
Le respondí que me reservo el derecho a callar.
Al final de la entrevista, entramos. La productora desapareció y yo me senté en el pasillo, al lado de la mamá de Keren, que miraba al monitor y mascaba chicle. “Keren hablará sobre su escritura”, me dijo.
“No puede ser”, dije fruncida, ya que la escritura era idea mía, no de Keren, mi ocupación principal y no la de Keren. Yo había dedicado horas a inventar, y peor aún, a dejar de lado invenciones que no se condecían con lo inventado previamente, y Keren, en total, usaba una y otra vez las mismas palabras para expresar los mismos sentimientos.
“Es lo que me dijeron”, dijo la mamá de Keren.
“No puede ser”, dije, “ni siquiera es un tema. ¿La escritura de ella es un tema”?
“No sobre su escritura”, se corrigió la mamá de Keren, pero sólo agravó la situación y agregó, “sobre escritura en general”.
Pedí un chicle, pero la mamá de Keren dijo que no tiene goma de mascar sin nicotina.
Empezó el programa y Keren no habló sobre escritura. Habló de Tzaji. Cuando le preguntaron cómo empezó a escribir, no dijo que fue porque yo empecé ni que eligió poesía y no prosa porque no tiene talento para inventar, ni paciencia. Dijo que su amor exige hallar la vía para exteriorizarlo y que el chico a quien ella ama no quiere que ella le mande esquelas porque sus amigos se burlan de él, pero ella no puede arrancarlo de su corazón y cuando escribe poesía, siente que él puede leerle los pensamientos. La conductora suspiró de satisfacción y preguntó quién es ese chico tan especial que renuncia a un tesoro como ella por los amigos.
“No creo que él haya renunciado a mí”, dice Keren y su mamá y yo murmuramos juntas, ella con pena y yo enojada, “él renunció”.
El segundo día de clases del sexto curso, me fui temprano de la escuela. Mi mamá certificó que participo de un evento cultural. Abracé a Keren y ella me deseó que me toque un buen tema. Le pedí que me trenzara el cabello para no aparecer en la tele con el cabello inflado y ella me hizo las trenzas con habilidad y dijo que me veo como una muñeca. De todos los temas del mundo, me tocó, “Chicos y chicas”. Al lado mío había otros chicos a quienes filmaban para programas venideros y recibían temas que todos me parecían mejores, ´Aceptación de autoridad´, ´Relaciones entre los padres´, ´Relaciones con los padres´, ´Dinero´. Busqué a la productora. Pregunté a cada uno que andaba por el pasillo dónde estaba ella, porque tenía que quejarme, pero ella no estaba allí. “¿Para qué hacen la entrevista previa?”, le dije a mi mamá al borde del llanto, “¿para qué me senté con ella bajo el árbol si al final todo lo que quieren es oír a las chicas hablar de chicos? No estoy enamorada de ningún chico y no pienso decirles que sí”.
“¿Por qué deberías estar enamorada?” preguntó mi mamá.
“¿Y entonces qué se supone que deba decir de ellos?”
La mayor parte del tiempo, negaba su existencia. Hubo épocas en que me lastimaban, sea que me lastimaran intencionalmente o porque se arrojaban cosas uno a otro y yo carecía de la agilidad necesaria para eludirlos, pero aquellos tiempos han quedado en el olvido y el temor y el desprecio se han cubierto de indiferencia. Si me vi envuelta en algún intercambio con varones, se había dado en un tono confuso, no por las emociones en juego cuando predomina el cariño, sino del tipo indolente con que a veces se dan las relaciones familiares. Estaba vedado que supieran nada de mí, ya que desde el momento en que ellos se fijaban en algo, se convertía en despreciable.
Me fui a un costado y apoyé la frente en el rincón. Me cantaba en un susurro, al ritmo de marcha militar, “Tengo algo que decir sobre los varones”. Me pregunté en voz alta: “¿Qué tienes para decir de los varones?” Traté de imaginar sus rostros, pero se veían borrosos y el tema en general se me escapaba. Mis pensamientos volvían a Lian. A Lian le gustaban los varones. Los varones del curso de Lian eran simpáticos y fieles seguidores de la serie en que ella actuaba. Eran buenos en matemáticas y jugaban en la compu, pero disfrutaban de los hits de MTV y de libros.
Mi mamá me puso la mano en el hombro y me dijo que me llamaban.
Le dije que estaba bloqueada.
Mi mamá me dijo que no estaba ante un examen.
Los pies no me llegaban al suelo cuando me senté en el banco alto dentro de la cabina telefónica. Traspiraba bajo la luz que me encandilaba. Cuando me maquillaban, le dije a la conductora que yo en realidad no me llevo con varones.
“Pues, excelente”, dijo con júbilo.
“¿En serio?”
“Claro. Ya tuvimos dos veces ´Chicos y chicas´, una con un chico y otra con una chica. El chico era un enamoradizo serial, la chica tenía novio. Viene bien que tu prefieras sin”.
Volví en mí. Bebí agua. Recordé una vez que la mamá de Keren me llevó de vuelta a mi casa después de un largo día de playa y en el contenido de mi mochila no faltaba nada. Ella abrió los brazos a los costados y le dijo a mi mamá, “Mira eso, y sin un hombre”, como si hubiera montado un monociclo y dijera “Sin manos”. Mi mamá le sonrió y dijo, “Una verdadera feminista, nada que objetar”.
“Yo soy feminista”, le dije a la conductora.
“Excelente para nosotros”, dijo con júbilo.
El programa transcurrió rápidamente. Al principio, la conductora hizo una breve introducción sobre las diferencias entre chicas y chicos y las dificultades que se les presentan a las chicas y no a los varones, ante todo a la hora de orinar en campo abierto y cambiarse de ropa después de la clase de gimnasia. Asentí enérgicamente. Después se dirigió a mí para preguntarme si alguna vez había tenido novio. Respondí que no, que de ninguna manera. “Mira”, dije, “los varones no tienen límites. Creen que todo les está permitido. Siempre deciden ellos qué se hace, aunque haya habido votación. Lo único que les importa es el deporte. No les importan los débiles de la sociedad. Se burlan de chicas que no les hicieron nada. Son violentos incluso entre sí, por mí que se maten, pero que a nosotras nos dejen tranquilas”.
En el último minuto de la transmisión, al finalizar un enfrentamiento telefónico con un chico de mi edad que no podía participar en clases de deporte por una falla cardíaca, que me inculpó de acusar a la mitad de la población, me preguntó la conductora si quería agregar algo. Respiré hondo. Pensé en todos los chicos minusválidos. “Si generalicé por demás, me disculpo”, dije y miré directo a la cámara, “me refería específicamente sólo a los varones de mi curso”. La primera clase al día siguiente en la escuela era clase de integración grupal. Mi derrotada maestra tenía buenas intenciones. “Dentro de menos de una semana tendrá lugar en las Naciones Unidas la reunión cumbre del milenio”, dijo, “y querría que nos pensemos por un momento en esa reunión cumbre y en función del año próximo pensemos en los objetivos que nos planteamos, como humanidad y como grupo”.
Ella no sabía nada, ni tenía por qué saber, y yo estaba dispuesta a levantar la mano y proponer ideas sobre cómo mejorar la vida de la humanidad y de nuestro grupo, pero Dor Jefetz la levantó primero y antes de que se le conceda el derecho a hablar, ya se oyó su voz ronca, que como siempre divertía a algunos y sonaba amenazadora para otros, “Con todo el respeto que merecen los temas importantes, hay en este grupo niños muy importantes que dan entrevistas por televisión. ¿No podríamos hablar de ellos?”
Resultó que todos menos yo habían visto con entusiasmo el programa obviable de Keren, y no había ninguno, salvo el chino Shun, que no me haya visto declarando una guerra de sexos grupal. “Ella señaló a la cámara con su dedo chueco y dijo que hablaba específicamente de nosotros”, gritó Dor Jefetz.
La maestra pidió que yo me disculpara.
Me negué. “Como siempre”, me dirigí a la maestra, “los varones se imponen. ¿Quizá alguna de las chicas tenga algo que decir? ¿Se te ocurrió tal vez darles la palabra? Puede ser que no haya hablado sólo en nombre mío”.
“Yo voy a decidir por mí misma cómo manejar la clase”, dijo la maestra.
Miré a las chicas, miré a Keren. Todas calladas. Las atléticas, las flacas, las ricas, las del blazer de terciopelo, que podían decir cualquier cosa y seguir siendo aceptadas, no dijeron nada. Las rechazadas, con anteojos, gordas, que no tenían nada que perder, no dijeron nada. Las que habían sido mis amigas por momentos largos o cortos, no dijeron nada. Algunas se tapaban la cara, cohibidas, aguantando o sin aguantar la risa.
“Nadie está de acuerdo contigo, chiflada”, gritó Dor Jefetz.
“No me importa lo que opine nadie de este curso”, dije mientras juntaba mis cosas y me iba del aula azotando la puerta.
Cuando llegué a casa, llamé a Keren, quería preguntarle por qué no me defendió, pero su mamá dijo que no estaba en casa, que se había quedado en la escuela para las pruebas de admisión al equipo de vóley.
“Entonces, todavía no te enteraste de que me atacaron hoy en el curso y Keren no dijo nada”, dije.
Ella se asustó y preguntó si me pegaron.
“Nadie me pegó”, elevé la voz, “ella simplemente pudo haber dicho algo a mi favor cuando todo el curso me crucificó porque expresé mi opinión en el programa”.
“Opinión”, repitió la mamá de Keren con amargura.
“¿Qué?”
“No sé, el cierre no fue lo más logrado”.
“No era un examen”, grité y corté la conversación.
Fui a mi cuarto, para volver a ver la grabación del programa. La iluminación blanca del estudio hizo parecer que mi cabello fuera casi rubio y mis ojos casi azules, y por primera vez me vi parecida a Lian. Escuché lo que dije. En inglés sonaría mejor, pensé. Nadie a mi alrededor está acostumbrado a oír a una chica hablar así en hebreo, pensé, y saqué de mi mochila un cuaderno con espiral para escribir cartas para todos. A Keren le puse, ´Eres una traidora´. A la maestra le copié de la Enciclopedia Hebrea la definición de ´libertad de expresión´. A la mamá de Keren me dirigí diciendo ´De feminista a feminista´.
Volví a ver la grabación una y otra vez hasta que mi voz me resultó intolerable y entonces leí las cartas que había escrito y también ellas me resultaron intolerables. Keren no me llamó en toda la tarde y al día siguiente en la escuela me dijo que lo más fácil sería que me disculpara y listo. No me disculpé y durante varias semanas, nadie me dirigió la palabra.
El primer mes de sexto de la primaria del barrio de los estadios de deportes al norte del Yarkón es un mes crítico –así lo entendí en tiempo real– donde se trabaja la integración entre varones y mujeres mediante la constitución de un equipo mixto de vóley. Los vi sentarse juntos en los recreos y hablar de lo que hacían en los entrenamientos. Vi cómo los gestos de los varones más salvajes se iban moderando. En la primera fiesta de Bat Mitzva, que se llevó a cabo en el puerto de Yafo, descubrí que se había desatado la epidemia de las parejas. Le pregunté a Keren cuándo había sucedido. “En vóley”, respondió.
Ese invierno, la realidad ardió en llamas fuera de clase. Las clases de integración se dedicaron exclusivamente a la actualidad noticiosa y éramos una pequeña minoría los que levantamos la mano, varones y chicas, cuando se nos preguntó: “¿Quién considera que Israel aún tiene socio para establecer la paz?” Keren no la levantó. Tzaji sí. En el recreo, él pasó junto a mi mesa.
“¿Qué, Hagar, eres de la izquierda?”
“Obvio”. Quise preguntarle si alguna vez oyó que exista una feminista de derecha, pero mi esfuerzo por mezquinar palabras ya se me había hecho costumbre.
“Muy bien”, dijo y dio vuelta el libro que yo tenia sobre mis rodillas para ver la tapa.
Durante años le prohibí a mi mamá mencionar mi desempeño en ´Llamada por cobrar´. Tampoco Keren, a quien le perdoné la traición, a pesar de que nunca se disculpó, lo mencionó. A la caseta de video la destruí ese mismo otoño junto con el cuaderno con espiral donde había escrito el relato de Lian. Si algo de todo eso venía a mi memoria –por lo general mi aspecto aclarado por la iluminación del estudio– traspiraba a mares y le daba la orden a mi memoria, con ritmo de marcha militar, de hacer desaparecer para siempre esos recuerdos.
La vez siguiente en que el acontecimiento aquel se mencionó fue años después, ya en la secundaria.
Un alumno alto del último año se paró a mi lado en el comedor y me sonrió. “Estuviste una vez en el canal infantil, ¿no? Tenías trenzas”.
“Es cierto”, dije. “Qué bueno que alguien lo recuerde”.
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