Peter Glaser

Historia de nada

17 min
Germany
Peter Glaser

Historia de nada

17 min
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Translated by: Ariel Magnus

 

  1. Sur

 

Me desperté por mi propia risa y durante un buen rato no pude parar, aunque desde el primer momento ya no sabía de qué me reía. 

Henri dijo que una vez se había despertado sangrando, pero que lo peor eran los sueños en los que uno se aburre. Ante la ventana abierta brillaba El Cairo. Eran las cuatro de la madrugada.

Al pasar, tiré sin pensarlo del cajón de la vieja mesa de madera. Y se abrió fácilmente. Durante todo el verano se encuentra atascado. Tiene que ver con la posición del sol y con cómo éste calienta la madera. El día en que el cajón se deja abrir por primera vez con toda facilidad, la tía Nelly acostumbra a dar al verano por finalizado. Estábamos a diez de septiembre.

Henri, el hermano menor de Stella, me había ayudado a conseguir trabajo aquí. Yo no hubiera podido costearme el viaje, y necesitaba el dinero. Lo necesitaba para Stella. El dinero no es lo que corresponde. Pero yo sé que ella lo necesita.

También me alegraba volver a ver a la tía Nelly. Hace largo tiempo que vive aquí. Ya de niño me gustaba visitarla, entretanto conozco la ciudad y a un par de personas, así puedo ayudarle al hombre al que Henri le hace la parte técnica. 

Pero la tía Nelly ha desaparecido. Cuando Wahid nos llevó al piso y me dijo que la tía se fue, hizo florecer un capullo de dedos y pesó una gran preocupación en su mano.

El tío Leonard murió hace dos meses, y en el cajón estaba su máquina de afeitar. Le saqué la rejilla protectora y entre las cuchillas vi con toda perfección el polvo de pelos de su última afeitada. Sacudí apenas los cabezales y me afeité con el aparato; una última cercanía.

El Cairo es un triunfo sobre el silencio. Con el transporte de reparto se elevan desde el murmullo nocturno de los neumáticos los ruidos de una suerte de crepúsculo de las mercancías. Por delante de la casa pasó un tranvía como una cortadora de pasto que alguien empujara sobre virutas de acero. 

Yo fui el que lo desperté, y ahora pelaba una naranja para Henri. Los ácidos salpicaban desde las cáscaras, y las sombras del calor que ascendía desde las ranuras de la tostadora corrían apuradas como un tránsito diminuto por sobre la tabla de la mesa. 

Henri es un joven de muchos talentos, un peinado que se ve como un charco de gasolina en llamas tallado en madera de cerezo y una pequeña cicatriz debajo del ojo derecho. Trabaja, entre otras cosas, de asesino a sueldo. Al que prueba su suerte de principiante en un juego online, los combatientes versados no le dan chance al principio y lo barren de un soplido. Al que eso le molesta puede alquilar a alguien como Henri. La cicatriz provenía de uno de los barridos, con el que se había topado en un encuentro de gamers.

Yo había repartido varios libros alrededor de la otomana sobre la que dormía. Todos estaban abiertos, pero en los cuatro días desde nuestra llegada de Hamburgo la inconstancia a control remoto que traía conmigo había mermado.

Cuando conocí a Stella hace dos años, me contó su parte favorita de El gran Gatsby. Jay Gatsby, sentado en un auto, llora porque sabe que nunca más en su vida va a ser tan feliz como en este momento. Cuando Stella me contó esto, yo era muy feliz con ella, pero no estaba dispuesto a quitarnos la posibilidad de una felicidad aun mayor.

Ahora al fin me había puesto a leer el libro. Terminé El gran Gatsby mientras Henri comía su tostada, y lo que ya se había insinuado se convirtió en certeza. La parte maravillosa de la que había hablado Stella no existe en el libro.

 

Wahid nos llevó a un orfebre y yo le expliqué lo que necesitaba: un reborde enchapado en oro y platino para una perla de los Mares del Sur, destinada a una dama japonesa. Tuve que prohibirle cualquier tipo de cincelados y rogarle la más clara elegancia.

Luego llegaron, aún en la oscuridad, los vendedores de brasas, de quienes los herreros pueden obtener buenas ascuas ya listas. Vimos cómo los hombres cubiertos de ceniza levantaban uno de los grandes recipientes de su carro y hacían rodar las brasas desde su cesta a la chimenea; luego vi encenderse todo el cuarto cuando se puso en movimiento el fuelle. 

— Me voy a rezar —dijo Wahid.

De todas las veces que ya había rozado el suelo, en su frente se podía observar un punto calloso, la pasa de uva.

Cuando el tío Leonard aún trabajaba en la construcción, Wahid fue durante una gran obra el joven encargado de preparar el té. No había relojes por ningún lugar, por lo que él empezaba demasiado temprano a calentar el agua para el té y los trabajadores empezaban demasiado temprano a hacer pausa. Por eso el tío Leonard le había conseguido a Wahid un gran minutero de cocina azul y se lo colgó del cuello.

Otra de las tareas de Wahid consistía en cuidarle a uno de los trabajadores, cuya mujer había perdido interés en el asunto, una pequeña perra que justo estaba en celo. Para aplacar la voluptuosidad de los machos callejeros, roció la piel de la perra con pintura naranja de señalización, de modo que cuando llegaron unos inspectores de la empresa suiza de construcción que estaba a cargo de la obra, lo primero que vieron fue a un joven grandote y amable parado junto a un fuego con un minutero de cocina azul delante del pecho y una perrita barnizada de naranja. 

El herrero se puso a soldar el pedido, con el carbón ardiendo a veces con tanta claridad que ya no se podía distinguir ninguna forma, solo la calurosa luz y adentro la pieza de trabajo como una sombra. 

Cuando volvió Wahid, jugamos un viejo juego que es así: yo intento explicarle lo que es el punk y él intenta explicarme qué es la música árabe. A Wahid le gustaba lo combativo, pero no así el desprecio.

Me habló de las cuatro patas de mesa de la música árabe. De Umm Kulthum, la gran cantante que durante décadas había compuesto una nueva canción cada primer jueves de mes: los políticos habían dejado de dar discursos los días jueves y, cuando ella murió, su ataúd fue secuestrado durante horas por las masas en las calles de El Cairo, un bote sobre un océano de gente; y Wahid habló también sobre los otros tres grandes cantantes. Luego Henri se dio cuenta de que las cuatro patas de la música árabe ya han fallecido y Wahid dijo sombríamente: “La culpa es de los israelíes”. Ahí el juego se acabó.

Yo sabía que por esta hora Stella estaba en camino a su trabajo. Es enfermera de terapia intensiva. Le mandé un mensaje con dos espacios en blanco. Después de un rato, llegaron tres espacios en blanco como respuesta, y sentí que a ella aún le quedaba algo para mí. Luego vi que el herrero ya había empezado a machacar una nueva pieza, y viajamos a Giza y al complejo de las pirámides.

Henri miraba hacia el desierto. Tanta arena y nada de mar, dijo. Pasó un grupo de turistas austríacos y alguien me preguntó alguna cosa. En un inglés muy malo respondí que lo lamentaba pero que yo era finlandés y que para mí no hacía el frío suficiente.

El señor Shirakawa había vuelto a lograr un pequeño milagro. Teníamos los aparatos y las autorizaciones para Schwetz. Hace tiempo que la empresa para la que trabaja Shirakawa se esfuerza por construir una central nuclear en Egipto, y yo sabía que él se alegraría por cualquier oportunidad de demostrar la tecnología fantástica de la que disponían. Él había hecho traer un aparato de microgravimetría con el que Schwetz podía medir el diámetro de las piedras.

Yo había ayudado para que alguien del ministerio de turismo coincidiera con alguien de la administración de antigüedades en que el turismo aún no se había recuperado del todo desde los últimos atentados y que de seguro la prensa extranjera recibiría con amable interés el descubrimiento de una nueva cámara mortuoria. 

Schwetz, que nos pagaba a Henri y a mí, se proponía ventilar el secreto de las pirámides. Él también era de Hamburgo, un loco, y estaba parado con Shirakawa junto a las cajas con la balanza de torsión. Una bolsa de plástico rosa subía bailando por la Gran Pirámide.

Schwetz me dio la mano, que enseguida volvió a desaparecer, como un líquido. Me conmovía, pero había algo en él que lo hacía difícil. Contó un poco sobre su teoría, y fue como si alguien le diera a uno dinero y uno no dijera nada y el otro te diera aun más dinero. Horrible.

Reconocí enseguida al diletante, uno como yo. Sus hipótesis causaban indignación, pero estaban elaboradas con esmero, y sentí la necesidad de proteger a este hombre y a su estratagema, tan leves y como hechos de copos de ceniza. Se detuvo un bus de turistas con la inscripción “Transporte de cristianos”. Abajo en la planicie ardían campos de caña de azúcar ya cosechados.

Hacia el mediodía llegó Wahid de la ciudad. Había averiguado que la tía Nelly se había ido de viaje con la vieja casa rodante. La tía de ochenta y cuatro años no tenía registro de conducir ni auto. La tía Nelly había estado preguntando, y el apoderado de una firma de extensiones capilares la había llevado a ella y a la pequeña casa rodante hasta Alejandría, donde la había ayudado a subir al ferry que cruza hacia Atenas. Wahid meneaba la cabeza, tan levemente que solo se lo podía sentir, y esa tierna expresión de desespero selló la decisión.

Pasamos con Shirakawa por delante de la Esfinge y nos encaminamos hacia uno de los viejos puentes de piedra. Un poco más adelante de donde estábamos habían armado un alto andamio contra las rocas. Un hombre al pie del andamio levantó del empinado peñascal una piedra del tamaño de una sandía y la metió adentro de una carretilla, que empujó cuesta arriba hasta llegar delante del andamio. Otro hombre dejó caer desde el segundo piso una soga atada a una rueda, que cuanto más larga se hacía más lentamente se bamboleaba; en el extremo de la soga colgaba un grueso gancho de acero como un gran signo de pregunta muerto. Dos hombres tiraron con él de la carretilla con la piedra, que se bamboleó arriba hasta apoyarse sobre las tablas. Uno avanzó un par de metros con la carretilla, con las tablas bajo la rueda haciendo olas de madera. El otro se trepó al próximo piso del andamio, donde había otro hombre. La carretilla fue alzada una vez más y un hombre llevó la piedra hasta el final del andamio. Luego la tiró en la escombrera. La piedra rodó hacia abajo dando sordos golpes, hasta que se detuvo más o menos donde la había levantado el hombre al pie del andamio.

Observamos el trabajo en equipo y yo le di a Shirakawa la caja con el broche de perlas, con un saludo respetuoso para su señora esposa, de modo que hiciera el efecto de un regalo.

— Necesito de nuevo su ayuda —le dije—, es urgente.

De regreso en la ciudad, pasé con Wahid por delante de la universidad. En la entrada hay una esfinge de piedra tirada sobre un zócalo, que a su lado tiene una mujer de pie que se quita el velo de la cara. Cuando pasamos esta vez con el auto, la estatua varió como en uno de esos dibujos con una figura oculta: una mujer que justo se está alzando el velo ante la cara.

 

Abeer —una sobrina de Wahid que trabaja como agente de viajes— pudo conseguirme uno de los lugares de reserva en el último avión a Atenas. Henri me prestó el dinero, pues Schwetz andaba a todas luces flojo de caja. Abeer llevó junto a un colega a un par de canadienses en un minubús al aeropuerto, y me dejaron viajar con ellos. Se hacían resúmenes de la estadía, caían los superlativos como hojarasca. Yo hablaba con Abeer en árabe. 

— Suena raro —dijo uno de los canadienses, con respeto.

— Pasa que los árabes hablan de derecha a izquierda —dije yo.

Abeer tiene veintidós y vive con sus padres, dos hermanos y un tío en un pequeño piso de tres dormitorios. Hace poco debía hacer un reemplazo en un barco. Eso significaba: no poder pasar la noche en su casa, una insensatez para una egipcia soltera. Su trabajo le daba de comer a media parentela, así que tras largos idas y vueltas el consejo familiar lo aprobó. Cuando un camarero del barco la llevó a su cabina y ella cerró la puerta, estuvo sola en una pieza por primera vez en su vida. 

La Atenas nocturna desde el aire es un inmenso y relampagueante organismo del fondo del mar. Los vehículos fluían por las venas de luz. Durante el aterrizaje, sostuve un vaso de plástico vacío. Cuando el avión rodaba hacia la terminal, el clic de los cinturones crepitó por las filas de asientos como una granizada. Alrededor de cada una de las huellas de mis dedos sobre el vaso había un aura de humedad.

 

Shirakawa había conocido al señor y a la señora Pantidis, a quienes me encomendó, en los años ochenta, cuando volaba una vez por semana de El Cairo a Atenas para hacer llamados telefónicos. Por aquel entonces, ya el intento de comunicarse telefónicamente con alguien dentro de El Cairo podía insumir toda una tarde.

Los Pantidis vivían en El Pireo, me dieron comida y vino y una cama recién hecha. A las cinco de la mañana, la señora Pantidis me condujo a los muelles en donde atracan los ferrys, y conocí a un grupo de viejas damas que les provee a los gatos callejeros de El Pireo comida y amor, mientras escruta al entorno humano con mayor minuciosidad que cualquier servicio secreto.

En el lado norte del espigón había una galería de hombres mayores sentados sobre un pequeño muro. Uno de ellos casi que se ahogaba en su propia grasa, y en sus pequeños ojos brillaba el miedo del náufrago. Una mujer mayor con un saquito verde le estaba señalando a todas luces su desmesura. La mujer había hablado hacía dos días con la tía Nelly. Habían entrado en conversación a través de uno de los obreros portuarios, el hombre había amenazado con envenenar a los gatos porque se sentaban sobre su auto y la dama le había cosido una lona para protegerlo. La tía Nelly había dicho que quería ir al Peloponeso y a Patras.

Tomé el bus. Mientras el conductor hacía en un pueblo su pausa del mediodía, pasé por delante de un muro de espinos de fuego en exuberantes almohadas de ciclamen silvestre y miré el mar de Corinto y la gran lluvia de luz encima. Henri llamó y dijo que el World Trade Center en Nueva York se había caído. En el cruce a Italia vi que en una línea trazada como con la mano el agua azul oscuro del Egeo se transforma en el agua verde del Adriático, y por momentos tuve la sensación de que en el sabor de la espuma podía saborear la profundidad del agua.

 

En Italia pregunté por mi tía en las estaciones de servicio. Miré el campo y vi el verde y pensé que para Stella podría sacar de ahí algo más que solo un verde. Así que escribí una carta.

“Allí está el follaje de la vid. En el muro de zarcillos y de hojas se encuentra desparramada una verde penumbra, y en pequeñas cavidades yace la luz invisible que ilumina los rostros en las pinturas de Vermeer y Rembrandt. Ahí está el verde oscuro de las hojas de los cerezos, con un negro adentro que se puede sentir y que en verano se puede comer en los frutos. Ahí está el verde supernormal de los nogales. De una copa sobresalen hojas como pájaros, pero que van a caer. El verde desborda todos los límites de los terrenos. Nos devuelve la vastedad. Este es un ramo de flores, Stella. Las hierbas son mías, y el color, lo bello, eres tú.”

Empezó a llover, luego subió un murmullo desde lo verde. Sobre los charcos se fueron abriendo suavemente círculos de gotas. Luego la lluvia amainó; crepitaba aún sobre un colgadizo, como cuando las bolsas de plástico que han sido estrujadas vuelven a expandirse.

Una vez pregunté incluso en una garita de la policía de carretera. En Rimini me di por vencido. Había perdido a la tía Nelly y tenía apenas el dinero suficiente para un pasaje de tren y un paraguas.

 

  1. Norte

 

Bien entrada la tarde llegué al hall de la estación central de trenes de Hamburgo. En el andén estaba una mujer que parecía como si la ropa la hubiese comprado a ella y no al revés. Con una mano se sostenía el hombro. Crucé hacia el sendero sin iluminación que corría a la orilla del Alster.

— ¡Politízame, vamos! —gritó alguien a mis espaldas.

Luego sentí un golpe fuerte contra la cabeza, como propinado con una máquina. Llevar un paraguas en Hamburgo es en realidad un signo de derrotismo; quizá por eso me habían atacado. Dejé caer mi bolso de viaje y abrí el paraguas y lo mantuve entre mi cuerpo y el hombre, que en el brazo izquierdo tenía un yeso cruzado por una raya negra. Un segundo hombre y una mujer estaban parados un poco más atrás, y luego el paraguas se rompió.

— ¿Qué medidas planea para contener el conflicto en el Cercano Oriente?

Me subí a una señal de tránsito y di patadas hacia abajo. No quería nada de eso. Pero uno no resiste mucho tiempo en una señal de tránsito. Volví a sentir la meteórica furia enyesada, luego tuvo lugar una confusión absoluta y al final solo quedó la mujer. 

— ¿Ese eres tú?

— Hola, Stella —dije yo.

— Ni había visto que ese eras tú —dijo Stella.

— ¿Esos eran amigos tuyos?

— Alguien —dijo Stella, que estaba un poco borracha.

Cuando llegamos a la senda para bicicletas junto a la iluminación del tranvía, vi que yo llevaba una amplia corbata de sangre.

En casa me di cuenta de que no era yo el que había sangrado. Me puse furioso por la victoria involuntaria. Stella se frotaba crema en las palmas de las manos, y yo vi un reflejo de eso en el cuello de una botella de vidrio, una llamarada. Luego la vi desnuda. En el amor ella es directa. Su respiración, cada movimiento me habla a mí, y yo contesto. Algo empieza, con un suave ruido, como cuando se rompe con cuidado el lomo de un libro nuevo. 

Océanocariñosos.

¿Somos eso, o animales en lucha?

Bienestar en la caja. Niños bajo la mesa de la cocina, gatos en un cartón. Me hubiera gustado ver una película de Jacques Tati que aún no conociera, pero las conozco a todas, y Tati está muerto. Stella habló sobre un hogar de ancianos para animales en el que vive un cerdo jubilado que se cree un caballo. Camina con los viejos jamelgos por los pastos y es uno de ellos. Mi labio superior se había inflamado.

— Ahí hay algo —dijo Stella.

— Por todosh ladosh hay alguna cosha —dije yo y solté mi labio superior—. Eso es lo bonito de la realidad. Imagínate que en un sitio no hubiera nada. Enseguida tendrías la casa llena de filósofos. 

Más tarde estábamos sentados en la cocina y había media calabaza sobre un plato grande. Luego de darla vuelta, se dividieron las opiniones. Stella estimó que la parte trasera se veía como un pescado muerto; yo: como un pan de especias con un glaseado blanco. Empezamos a discutir en broma, luego más en serio. No se debe hacer sonar las copas de cristal porque se graban las vibraciones en su estructura. Aún meses más tarde toda la figura puede quebrarse mediante un leve golpe. 

 

Como Henri se quedó más tiempo en Egipto, yo debí reemplazarlo aquí. Había que realizar trabajo de humor. Yo necesitaba el dinero; lo necesitaba para Stella. El dinero no es lo que corresponde, pero es diferente si uno hace algo o si uno hace algo para alguien.

Escribíamos guiones para televisión, comedias. Henri me había enseñado en El Cairo cómo se hacía eso, mientras estábamos parados junto con Wahid en un embotellamiento.

— ¿Qué quiere la gente? —dijo Henri—. Quiere un día feliz. ¿Qué es un día feliz? Un día en el que no ocurre nada. Así que tú tienes que pensarte algo que ocurra. 

La nada es la felicidad; nos pagaban por perturbarla. Había un plazo de entrega impostergable, por eso la empresa aceptó que yo reemplazara a Henri.

Los vecinos no debían saber lo que hacíamos; no hubiera hecho buena impresión, no en este septiembre. Éramos ocho, siempre de a dos por equipo. Uno de nosotros se había roto el tobillo, y cuando subíamos al herido como todos los días los tres pisos hasta la oficina, un hombre preguntó desde una puerta qué estábamos haciendo.

— Hacemos chistes —dijo Roland (él y yo somos un equipo).

— No deberían hacer chistes así —dijo el hombre en la puerta.

— A él igual también le parece gracioso —dije yo y señalé al que estábamos llevando, que tenía dolores y no le parecía gracioso.

Yo era la risa enlatada. Que también funciona cuando, como sucede por lo general, lo que se dice no tiene gracia alguna.

Ese día me llamó Stella y dijo que había encontrado a mi tía, estaba en el hospital y le iba más o menos. Fui para allí después del trabajo.

— Quería volver a casa —dijo la tía Nelly.

Estaba muy débil. Su piel estaba blanca y casi transparente. Una vez me había contado que había vivido de niña en Hamburgo y que había sido una bella época. 

Me contó muchas cosas. En una de las ventanas del piso de El Cairo hay un antepecho de madera clara en el que con el correr de los años ella había ido formando de tanto reclinarse una concavidad oscura y sedosa. De niño no podía entender cómo alguien podía apoyarse en una ventana y mirar hacia la calle en la que no había nada para ver, aparte de la calle y gente. Más tarde la tía Nelly me mostró lo que había para ver.

Observé que en la pieza solo estaba su cama y que no había medicamentos sobre la mesita de noche. Stella llegó con un médico joven, que en el brazo izquierdo tenía un yeso cruzado por una raya negra. 

— Es muy vieja —dijo el joven médico, mientras caminábamos despacio por el pasillo delante de la pieza.

Sentí que en realidad él quería caminar muy rápido, porque lo necesitaban de manera urgente, y que fue muy amable de su parte caminar tan lento conmigo a lo largo de ese pasillo.

Roland y yo trabajábamos en una pieza pequeña delante de una computadora. Roland dijo que es una sensación maravillosa cuando se limpia el mouse y vuelve a correr como si fuera nuevo. Había una apariencia de luz sobre la pantalla, por allí nadaba la punta del mouse, al borde de nada.

La situación: una parejita en una vivienda, televisión encendida.

— Ahora él tiene que decir algo —dijo Roland.

— El universo es como Liz Taylor — dije yo—. Es insondable, y se expande.

Roland asintió y lo escribió. Era inglés, de cincuenta y tantos, y un tipo fino. Realizaba este trabajo desde hacía más de veinte años.

Cuando el jefe leyó el guion, dijo:

— ¿Quién es Liz Taylor?

— ¿Se puede salvar al universo? — preguntó Roland.

— Liz Taylor es vieja vieja vieja. El público destinatario va hasta los cuarenta.

Me imaginé que en vez de risas también se podrían poner llantos enlatados. Pero con las personas tristes pasa lo mismo que con los reyes. Si hay muchos en un mismo sitio, se pierde la majestad. 

 

De día trabajaba, y pasaba las noches sentado sobre una silla junto a la cama de la tía Nelly. Leí de nuevo El Gran Gatsby, quizá me había salteado alguna parte. De vez en cuando venía Stella. Nos apoyábamos como naipes. 

— Las cosas para las que no hay solución —dijo ella una vez—, no son un problema.

Una noche de octubre tuve un sueño. Bajo en radiación y brazo orientable. Microondas solitario, hordas de microondas. ¿Por qué no hay entradas de emergencia? Me despertó una enfermera, el joven médico estaba parado junto a la cama. La tía Nelly había muerto.

 

El crematorio era un pabellón de concreto claro y limpio en el que había dos hornos de combustión. Eran de color rosa, y delante de uno yacía sobre el suelo el féretro con el cadáver de la tía Nelly. Luego vi las fuertes llamas amarillas en el interior del horno y luego me asusté, cuando con un movimiento rápido como el de un insecto se alzaron dos rieles del suelo de hormigón bajo el féretro y lo izaron hasta el horno. Tras un breve tiempo, olí el cálido aroma de la madera quemándose; una última cercanía. 

En los días subsiguientes se terminó también el trabajo, luego llegó el dinero, y yo se lo transferí a Stella. Fui a su casa, y su gato se acomodó en la palma de mi mano, haciéndome reír de alegría. 

 

Después volvió Henri; las pirámides habían conservado su secreto. Salimos hacia las varias posibilidades de una noche. Las mareas de intranquilidad arrastraban, como a nosotros, a los comensales hacia un restaurant, o se los llevaban consigo. En el techo del restaurante jugaban los reflejos de cristales de relojes y alhajas.

Queríamos agua.

— ¿Club Soda? — preguntó el mesero.

— Klappsoda — dijo Henri.

— Sofa Water — dije yo.

Uno a uno, y ambos fuimos demasiado perezosos como para ganar. En las sombras de las copas con el agua brillaban refracciones delicadamente oscilantes sobre el mantel blanco, alas de libélula hechas de luz. Para comer había cubiertos de plata con cucharas soperas inglesas. Fue la primera vez que comí mandioca. Sabe agradablemente a nada, aunque no tan blandamente a nada como la mozzarella. 

Intenté agradecerle a Henri por la invitación a comer mediante un truco y le comenté cuán notable me había parecido lo que alguien me había contado hacía poco, acerca de que los antiguos egipcios tenían miedo de que pudieran eyacularles en la oreja izquierda, puesto que ese era el pasaje hacia el alma, y Henri me hizo notar divertido que efectivamente me lo había contado él.

Luego dijo que Stella le había dado mi dinero a Schwetz, y que antes había estado liada con él.

La piedra rodó hacia abajo dando sordos golpes, hasta que se detuvo más o menos donde la había levantado el hombre al pie del andamio.

— No sabía eso —dije.

— Lo lamento —dijo Henri—. No sabía que no sabías eso.

A veces hay que beber para no dejar que el no beber aumente en exceso. Así que bebimos, aguardientes.

Tomé un taxi a casa. El chofer era de Bosnia, había sido abogado en Tusla. Después de ocho meses de guerra había huido por sus hijos y su mujer, pero tuvo que dejar su biblioteca.

— No es tan tremendo que haya desaparecido el bufete y la casa —dijo—. Pero con mi biblioteca he perdido todo.

Mil trescientos veintisiete libros, muchos de su padre y de su abuelo, cada uno de ellos leído.

— Pero estamos con vida —dijo con amabilidad.

Así seguimos viaje. Era la última noche templada de este año, y andábamos con el techo corredizo abierto, y no era solo como si estuviésemos andando con un auto por la tierra, sino con la propia tierra como con un descapotable a través de la infinitud, lo suave y abierto de la atmósfera sobre nosotros, y nuestro pelo que ondeaba afuera hacia la fría vastedad del universo.


  1.  La expresión alemana “tener pasas de uva en la cabeza” significa tener fantasías irrealizables.
  2.  Juego con la palabra “arm” (“pobre en”; “brazo”) en Strahlunsgarm y Schwenkarm.
  3.  “Klapp”es una transcripción fonética de “club”, y la palabra significa literalmente “soda plegable”; de ahí quizá el juego con el “Sofa Water” o sillón de agua (Klappsofa = sillón plegable).
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