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Finn-Ole Heinrich

Los sábados

14 min
Germany
Finn-Ole Heinrich

Los sábados

14 min
EnglishSpanishGerman(original)
Translated by: Ariel Magnus

—¡Dixi! —se escucha en estéreo desde ambos lados, mientras se ríen—. ¡Te toca!

Se refieren a buscar cerveza. Ya están completamente borrachos. Y lo dicen en serio: Dixi. Se supone que es mi nuevo apodo, lo decidieron entre ambos hace un rato. Les parece gracioso. Yo me pongo en marcha. Realmente me toca a mí.

No debería haberles contado lo de hace un rato, al menos tendría que haber esperado hasta mañana, hasta después del dolor de cabeza. Yo también estudié alguna vez, Historia y Deportes, para profesor, pero enseguida abandoné, después empecé de nuevo, Técnico Informático, pero también solo un semestre. Luego nada y ahora como ayudante de construcción, hace años ya. Es un buen trabajo, simple y claro, pesado y bonito. Solo estos baños de mierda, marca Dixi, esos no van bajo ningún concepto. En el verano el calor, las moscas, el piso pegajoso, el tufo a amoníaco que te hace lagrimear. En invierno un frío polar, corre el viento por las hendiduras. Por todas partes vello púbico y mocos en las paredes, así no se puede cagar. Los agujeros de quemaduras en el plástico, los garabatos, Aprendiz, no tengas miedo, para cagar el maestro se toma el mismo tiempo. Entretanto ya sueño con eso. Sueño que cago en esas casitas de plástico.

Y eso es algo que no debería haber contado. No un sábado y no antes del fútbol. Casi se caen al suelo de la risa. Dixi por aquí, Dixi por allí, jajaja. Compro tres cervezas en vasos de plástico y ni siquiera hago mucha cola para eso. Enseguida empieza el partido. Estamos con la barra brava. Hoy quieren salir de caza, oímos decir, robarse la bandera que los de Fráncfort cuelgan de las rejas. Pero nosotros no queremos robar, queremos pegar: Dixi, Bonobo y el señor Kappelmann. Nosotros no somos barrabravas. Somos hooligans.

En realidad yo soy diferente a Bonobo y Kappelmann, ellos son hooligans refinados, con trajes Armani, Lacoste y Carlo Colucci. Mi reliquia es mi gorra, una auténtica Burberry, un ícono, legendaria, ya no se fabrica más. Más allá de eso jeans, más allá de eso cerveza, más allá de eso chaqueta de universidad. Estoy en contra de las frases agudas, soy ayudante de construcción y con eso me alcanza, los libros me parecen demasiado muertos, las mujeres demasiado trabajosas, los objetivos demasiado decepcionantes. Miro lo que viene, hago lo que funciona, los chicos me tienen como el reflexivo, porque no hablo mucho, me tienen como el consecuente, porque nunca me metí con alguna mujer o trabajo cualquiera, porque no me esperan para cenar a las siete. Se ríen de mí, pero me admiran. Los tres somos viejos compinches y los sábados seguimos siéndolo.

Bonobo, el yuppie, y Kappelmann, el psicópata de tiempo libre. Si los ves un lunes o un martes, no los creerías capaces de nada de lo que son el sábado, jamás. A mí sí me lo creen, ya tengo ese aspecto, mi pelada no es solo de fines de semana, me hice tatuar hasta el cuello y mi nariz es pequeña y está metida a golpes dentro del cráneo. Puede que sea feo, los espejos no me interesan.

 

Los veo parados y tambaleándose en la segunda fila, están tomados de los hombros y gritan alguna cosa que ni ellos mismos entienden del todo. Hasta ese punto de estupidez pueden emborracharse. 

Voy hacia ellos, las cervezas de plástico en las manos, los codos abiertos para pasar entre los otros dementes. Nada fácil mantener el equilibrio de las cervezas con tal masa de gente como hay aquí. Estoy a solo un par de metros, grito “Oi”, me ven y giran y aúllan “¡Dixi, venga esa cerveza!”, y lanzan sus risotadas idiotas. Ahí el pobre imbécil que está a mi lado se da vuelta, me golpea y derramo cerveza. Ahora recibe una en la jeta, así son las reglas. No estamos aquí en la sala de audiencias, así es la tribuna, no se puede cambiar. El pequeño no tiene pinta de haber venido aquí a comer puñetazos, no tiene ni siquiera una bufanda del equipo, probablemente vino como acompañante. Pero el señor Kappelmann no duda, le clava su rodilla huesuda en los huevos y le derrama toda su cerveza de plástico en la nuca. 

—El que tira cerveza se tira a su madre —dice, y con esa mierda de veras que me saca de quicio, enseguida va a querer beber de la nuestra. 

Todo el tiempo vuelca su cerveza y después se asombra de adónde fue a parar y solo quiere un sorbito y te chupa medio vaso.

 

El señor Kappelmann, portador de peluca, esteta de la violencia, abogado y hooligan. “Va bien”, dice siempre. Los sábados a la mañana, cuando nos vemos, siempre son sus primeras palabras: “Va bien, va bien”. Ladra eso el día entero, no importa si cabe o no.

Los sábados nos encontramos siempre en mi casa, ahí los dos le hacen una visita a la clase trabajadora. Ahí el señor Kappelmann ni se pone su peluca de ricitos dorados, que cuesta tanto como un pequeño auto, ahí no come su muesli de desayuno, ni bebe un jugo de naranja recién exprimido, no anda todo el día estrechando manos ni lee parágrafos. Los sábados, el señor Kappelmann desayuna dos de medio litro y visita a su viejo compinche Röber. Luego música alta y pogo y chupi, una vez vino el abuelo de abajo, quería quejarse. Solo vino una vez. Entramos en calor, ejercicios de estiramiento para lo que viene, para el ajedrez de los cuerpos.

—Ey, Dixi —Bonobo me golpea el hombro, de nuevo derramo un poco de cerveza. Bonobo no recibe ninguna piña en la jeta. Así también son las reglas—. Ey, Dixi —Bonobo no puede evitar reírse e igual ya no puede hablar correctamente—, estuvimos pensando algo para ti, un principio terapéutico para tu problema de mierda. De cómo sacarte de la cabeza tus sueños con los Dixi.

De domingo a viernes, Bonobo se llama Christian Weber, dirige una casa de muebles con veinticinco empleados. Y dos veces por año organiza una noche de free-jazz en un bar de música; su novia lo llama Ciervito. Está parado delante de mí y se cree gracioso: 

—Ey, Dixi, al tipo que más tarde vamos a cachetear lo puedes hundir en un Dixi. 

¿Debo decir gracias por tanto interés? Me imagino a Bonobo con anteojos y haciendo planes de trabajo y vendiéndole juegos de dormitorio en madera terciada a jóvenes parejitas de departamentos de monobloc. Tal vez, en dos semanas, a este que tiró la cerveza le vende unos armarios de cocina para su primer piso propio.

Silbato. Desde aquí igual no se reconoce casi nada. Sacamos nosotros, Renner lesionado, Gonzo viene bien los últimos partidos, yo igual dejé de apostar, el partido se vuelve si no demasiado importante y no me puedo concentrar en lo esencial. El señor Kappelmann se frota nervioso su pelada de fines de semana, intenta reconocer alguna cosa dentro de la cancha y de lado me dice Bonobo despacio al oído: 

—Ey, Röber, después te tengo que contar algo. 

Espero un momento, a ver si es de nuevo un chiste, pero Bonobo no se ríe y luego me doy cuenta de que me llamó por mi verdadero nombre.

Lo miro y digo: 

—Entretiempo. 

Y él asiente. Intuyo de qué se trata. Su novia, que él llama Ámbar y de la cual se ríe los sábados —grumo gordo y marrón con insectos adentro—, le hace la vida bastante imposible desde que viven juntos, desde alrededor de mediados de mayo, o sea tres meses y medio ya. Antes le caía muy bien. Ahora vive con ella, entre muebles que hasta ahora les vendía a otros. Ha llegado adonde en realidad no quería ir y por eso los sábados pega más fuerte. Pero en algún momento siempre quiere hablar. Siempre los sábados.

—Va bien —digo.

—¿Qué es lo que va bien? —pregunta el señor Kappelmann girando hacia nosotros.

Esa es su frase. Kappelmann sonríe y le pega un coscorrón al viejo que tenemos delante. Porque sí. Así son también las reglas: Kappelmann lo tiene permitido, Kappelmann es un ropero y encima de eso su pelada causa tremenda impresión. El viejo no se anima ni a darse vuelta, se va de la fila sin decir palabra y desaparece. Yo pienso qué idiota, y me refiero al viejo. Al menos quería verle la cara. 

Todavía cero a cero, los vagos de Fráncfort tienen saque de costado. No pasó mucho hasta ahora y solo faltan jugar quince minutos de la primera parte. 

En la pausa, Kappelmann va a buscar cerveza, algo que por lo general es gracioso y va rápido, por eso lo que en realidad me gustaría es ir con él, pero me tengo que quedar aquí con Bonobo, que quiere sí o sí hablar conmigo. Kappelmann se abre paso a los empujones, bramando. De vez en cuando alguien lo saluda y Kappelmann le responde con un gruñido. No creo que nadie lo quiera, solo que ninguno se quiere pelear con él, porque los sábados el señor Kappelmann es un auténtico animal. Los sábados no le importa nada. Va bien. No tiene miedo de que alguien le quiebre un pómulo o le baje los dientes o le meta un cuchillo en el estómago. Está ido y borracho, el señor Kappelmann no tiene inhibiciones. De lunes a viernes abogado, especialidad derecho comercial. Los sábados un imbécil absoluto, un animal, y sin miedo de ir a parar en algún momento a la cárcel por romper involuntariamente algo de verdad. Este año ya rompió cuatro narices. “Hace crac”, dice y se ríe. Le parece bien, y a mí también. Crac, gracioso y absurdo. Qué tipo, este señor Kappelmann, no habla mucho, rompe narices a puñetazos y les da coscorrones a los viejos.

No sé qué hace Kappelmann los domingos, aunque lo conozco desde que tenemos diecisiete. También a Bonobo, que ahora efectivamente me habla de su novia. No le presto real atención, hasta que me pone la mano en el hombro. Tiene lágrimas en los ojos, en serio.

—Ey, Röber, hermano, a ti te lo puedo decir: tengo miedo de verdad.

Cuando se pone así, Bonobo me revienta mucho las pelotas. Yo no soy un confesionario, solo porque todavía no hago rechinar los dientes de bronca. A mí me lo puede decir, ¿qué significa eso, a ver? Lo miro, ni idea de con qué mirada.

—Anna está embarazada —grita en mi oído.

— ¡¿Eh?!

Bonobo asiente.

—En serio —brama, en la tribuna hay un ruido infernal—, ya llegamos hasta eso.

 

Silbato otra vez, arranca muy bien. Gonzo hace el pase de apertura, enseguida aceleran, todo va a mil. 

—Bonobo —le digo—, si es un varón, lo vamos a convertir en un auténtico prócer. A él le voy a legar mi gorra. Y si es una niña…

Me alzo de hombros, giro, sí, ¿qué pasa si es mujer? Robbel esquiva a dos y la pasa en diagonal a ese joven francés que trajeron en la pretemporada, Büschohn o cómo se llame, pero se le enredan las piernas, franchute de mierda, y pierde la pelota. Contraataque para el Fráncfort.

—Entonces me quedo con mi gorra, tampoco sería un drama.

  Reinhart, que tuvo de verdad su buena época, pero que ahora está demasiado viejo y sin embargo no tenemos ningún arquero mejor, se encuentra demasiado adelantado y el putito ese de la Franconia dispara y la mete. ¡Miren cómo se alegra! Corre hacia el banderín del córner y se tira de pecho al suelo, patinando hacia nuestro sector de la tribuna. Nosotros silbamos y gritamos todo lo que podemos y empujamos a la gente, yo le pego una patada al padre del jovencito delante de mí, que cae sobre un grupo de estudiantes, de los que también cae uno, es el día del dominó. El muchachito me mira, tiene miedo y anteojos, ningún prócer. 

—No me mires, imbécil —le digo.

Cero uno abajo, una mierda obviamente, pero al menos pasan cosas. De pronto Kappelmann ha vuelto y me grita en medio del oído: 

—¿A qué juega Reinhart? Habría que darle el tiro de gracia al paralítico ese. ¿Quién es el idiota que lo pone en el equipo?

Ahora tengo un chirrido en mi oído izquierdo y el derecho está un poco embarazado.

 

El entrenador hace un cambio y mete a un amateur al que no conozco, nunca lo oí nombrar, pero es negro y nos da esperanza, a veces son unos negros milagrosos, diamantes en bruto. Quizá por una vez tengamos suerte en la lotería del fútbol colonial. Minuto setenta o por ahí, así que Kappelmann empieza despacio a elegirse a alguno. Bonobo ha vuelto a tranquilizarse o hace como si y nos pasa las pastillas, nosotros las tomamos y sabemos que nos van a pegar enseguida:

—Ya vienen las cachetadas, Dixi. 

Y Kappelmann brama:

—Oi, oi, oi —como un idiota—, oi, oi, oi. 

Ya está de nuevo con ánimo de guerra. Pasa siempre a partir del minuto setenta. Yo no hice las reglas. Kappelmann empuja a uno que está dos filas adelanta de nosotros, casi con ternura, tiene pelo corto negro, un tipo atlético, sin dudas ruso. Fair play, pienso. Kappelmann lo mira largo rato y el ruso lo mira a él. Luego dice Kappelmann:

—Ey, conozco a tu madre, está siempre delante de la estación de trenes y se deja mear por diez centavos.

Un encanto, este Kappelmann. El ruso se da vuelta, no parece tener ganas de trompearse.

—Ladra cuando suena el timbre —grita Kappelmann, pero el ruso tiene la vista clavada en la cancha, luego grita alguna cosa. 

Hay penal para el Fráncfort, no vi por qué, pero Kappelmann usa la inquietud y el griterío para darle en la cabeza al ruso, que como un rayo lo agarra de la garganta, cosa que a Kappelmann lo excita, veo en sus ojos cómo de un momento para el otro se apagan dentro de él todas las luces de la civilidad. Ya está bien puesto, totalmente nervioso y demasiado rápido en sus movimientos. Le saca el brazo y grita o ríe, es un ruido raro y sus mandíbulas están ladeadas, en el cuello se le pueden ver con toda claridad cada tendón y cada vena.

—Te voy a romper, ahora no bien termine el partido te rompo todo —gruñe Kappelmann más bien a sí mismo que al ruso, que simplemente se dio vuelta y avanzó un par de pasos hacia el alambrado. Kappelmann apenas si puede contenerse, para que no haya problemas con los de seguridad. Una denuncia sería una mierda para un abogado. Dos a cero para los dementes del Fráncfort. Me da completamente lo mismo. 

 

Kappelmann toma mi vaso y se bebe toda la cerveza, tiembla como poco antes de eyacular, está a ciento ochenta y caliente. Es sábado. Se terminan los noventa minutos, cuatro de tiempo adicional. Nos vamos yendo hacia la salida y esperamos al ruso. Al irnos, Kappelmann le da una patada a través de las hileras de asientos en la espalda, grita “Violador de niños” y le muestra los dientes. El ruso lo mira feo, infla un poquito los cachetes, pero no se anima a más, ya se le ve que sabe lo que va a pasar enseguida, el miedo le brilla en la mirada, es algo que observo todos los sábados, tengo buen ojo para eso. Se mantiene erguido, el ruso, pero enseguida va a ser descuartizado.

 

Silbato final, alboroto, griterío, noto que me pongo impaciente, todo como en cámara rápida, mucho más veloz, los sábados después del silbato final es cuando lloran las mujeres y los hinchas, todo duele menos, las botellas que vuelan, los puñetazos que dan de lleno, los huesos que se quiebran. 

—Dixi —grita Bonobo y me tira hacia él—, es allí enfrente. 

Kappelmann lo tiene en la mira, ahora seguimos al ruso. Mierda, pienso, vino con la novia. Eso es malo. Cuando estás con ánimo de destruir, en modo guerra, nada molesta más que una mujer, que grita y llora y se preocupa. Estás tan concentrado en ti, no piensas en nada, buscas el hueco y cuando puedes pegar, pegas, puño en el cráneo, dos golpes por segundo, meditación cinética, dice Kappelmann. Una mujer es ese otro mundo que ninguna persona quiere un sábado.

 

Más tarde estamos parados delante de los arbustos y sostenemos a la novia del ruso, para que no se meta, para que Kappelmann no la haga pedazos sin querer, si anda por el medio. Flaca e histérica como es, sería una de las que saltaría entre los dos y empezaría a arañar y a morder y a pegar patadas con sus zapatos puntiagudos de puta. Y Kappelmann se la sacaría de encima como a un mosquito, para que no lo molesten. Ella no entiende lo que hacemos, de qué se trata esto. Violencia, estética, claridad. Es sencillamente así, se elige a uno y ese tiene que participar, yo no hice las reglas.

La pequeña grita, a solo un par de metros de nosotros Kappelmann le pega al ruso, el ruso patea y escupe. Un ruso obstinado. A Kappelmann le sangra un labio, sonríe con los dientes rojos, pero solo ríe y le entra al ruso como si fuera una pala de demolición, lo tiene frito, el ruso está en pánico, lo leo en sus movimientos, solo intenta evitar lo peor. Kappelmann siempre encima, pero el ruso no grita. Un ruso mudo, solo los chasquidos bajitos o un uff.

 

Kappelmann no es un hombre de honor, no con la pastilla en la cabeza, ahí no para cuando alguien está en el suelo. Arrastramos a la novia del ruso a través de los barras que vociferan, hacia la parte de atrás de los arbustos. Ya no se puede ver nada, pero como estamos parados justo al lado, escuchamos los ruidos de los golpes, de las patadas, que llegan a destino, que dan en el blanco, que vuelven a doler, y cómo. Puedo entender que ella no pare de chillar. Pero no puedo entender que Bonobo me mire como un cocker español. Hoy este tipo me está sacando de quicio de verdad. 

—Röber —dice y yo casi no lo escucho, porque la pequeña se vuelve realmente loca y grita como una marrana y yo igual prefiero concentrarme en el sonido de los golpes—. Röber, viejo, creo que estoy enamorado.

No lo puedo creer. Un par de metros más allá hay uno que está a punto de ganar, lo escucho en este momento: los golpes sordos se hacen regulares. Ahora solo se trata de heridas.

—Genial entonces —le digo—, todo tiene sentido. Construir una casa, plantar un árbol, formar una familia. Bonobo in love. Ciervito y Ámbar. 

Me mira, menea la cabeza, la Natascha grita pidiendo ayuda.

  —No, Röber, ese es el problema. ¡De otra! Una colega, una nueva. Una dulzura, apenas diecinueve, es un amor, tierna como un capullo. Creo que ya no quiero más eso, con… con Ámbar, sabes, Röber, es una sensación de mierda. Pero no puedo hacerlo: ser padre, envejecer con esa mujer. Yo quería enamorarme, ese era mi propósito. ¡Quería ser alguien nuevo! ¿Entiendes? Decir y hacer todo distinto y que ella te crea, total no te conoce, tiene que creerte. 

—Bonobo, viejo, ¿de qué carajo hablas?

—Mierda, Röber, pensé que me entendías. Tú también eres así. Así… libre.

La rusa le muerde la mano a Bonobo, que grita y la suelta y se toma la mano como una niña. La Tatiana también se libera de mí y se abre paso a través de los arbustos. Justo en ese momento aparece Kappelmann con sangre en el puño y en la cara rodeando el arbusto por afuera y viniendo hacia nosotros. Sostiene la izquierda en alto, los cinco dedos extendidos. Quinta nariz, ha ganado. Ni idea de si es su sangre o sangre rusa la de su cara. Él se ríe.

—¿Y? —le digo.

Y Kappelmann dice:

—Va bien. Listo. Qué hace dando vueltas con un suéter rojo en nuestro sector.

Oigo el gimoteo de la pequeña.

Bonobo gruñe:

—Ey, vamos, Dixi, viejo, ahora te toca sumergir al francfortiano de mierda en el Dixi.

Y vuelve a doblarse en dos de la risa. Pero está actuando, me doy cuenta incluso con todas estas drogas en la cabeza. 

—Oi, oi, oi.

Ahora también Kappelmann, que me toma del brazo y me mancha todo. Kappelmann en su traje Armani marrón con toda esa sangre, la fresca y la vieja y la muy vieja, de hace por lo menos dos años, tanto tiempo hace ya que se pone ese traje cada sábado. Da igual. No me molesta, no me es un problema. Al que tiene que cagar toda la semana en un Dixi, ya no hay nada que le dé asco.

—Ey, Kappelmann, ¿qué haces los domingos? —le pregunto.

Se queda petrificado y me mira. Me mira tan fijo y firme a la cara, como si fuera un demente del Fráncfort.

—Dixi, hermano —dice—, mañana secuestramos a Reinhart y lo fusilamos. Un sacrificio necesario. No puede ser que estos francfortianos de mierda nos ganen aquí.

Bonobo me patea suave en el culo y Kappelmann me pega en el hombro. 

—¡Vamos! —chilla Bonobo—. Ahora sumérgelo. ¡Terapia de confrontación!

Me empujan a través de los arbustos hacia la parejita de rusos. Ella está acuclillada al lado de él y le sostiene su cabeza sangrante. Dos minutos de puños no acolchados dejan unas huellas horribles. 

—¡Dixi, Dixi! —aúllan los dos.

Se ríen como imbéciles, el ruso gime, la Svetlana llora en un celular. Pienso en Catch y en Free Fight, en el Finishing Move, pero en realidad quiero un adversario y no una víctima. Me doy vuelta hacia Bonobo y le digo despacio: 

—Va bien.

Luego pego un salto y me pongo horizontal en el aire.

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