Ilse Aichinger

El teatro de las ventanas

2 min
Austria
Ilse Aichinger

El teatro de las ventanas

2 min
Translated by: Ariel Magnus

La mujer estaba apoyada en la ventana mirando hacia afuera. El viento subía en suaves ráfagas desde el río, sin traer nada nuevo. La mujer tenía esa mirada fija de las personas curiosas que son insaciables. Nadie le había hecho aún el favor de ser atropellado delante de su edificio. Además, vivía en el anteúltimo piso, la calle estaba demasiado abajo. El ruido subía como un leve murmullo. Todo estaba demasiado abajo. Justo cuando se disponía a apartarse de la ventana, notó que el viejo de enfrente había encendido la luz. Como todavía era de día, la luz quedaba aislada, dando la curiosa impresión que transmiten los faroles de calle encendidos bajo el sol. Como si alguien hubiera prendido las velas en las ventanas de su casa incluso antes de que la procesión partiera de la iglesia. La mujer se quedó en la ventana. 
El viejo abrió y saludó con la cabeza. ¿Fue para mí?, pensó la mujer. El piso de arriba del de ella estaba vacío y en el de abajo había un taller que ya estaba cerrado a esa hora. Ella movió lentamente la cabeza. El viejo volvió a asentir. Luego se tomó la frente, descubrió que no tenía puesto el sombrero y desapareció en el interior de la pieza.
Enseguida reapareció con sombrero y tapado. Se sacó el sombrero y sonrió. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo y empezó a saludar. Primero despacio y después cada vez con mayor empeño. Su cuerpo sobresalía de la barandilla, daba miedo que se cayera al vacío. La mujer retrocedió un paso, pero eso solo pareció fortalecer al otro. Dejó caer el pañuelo, se quitó la bufanda del cuello –una bufanda grande y colorida– y la dejó ondear fuera de la ventana. Mientras, sonreía. Y cuando ella retrocedió un paso más, él arrojó el sombrero con un movimiento enérgico y se ató la bufanda como un turbante alrededor de la cabeza. Después cruzó los brazos sobre el pecho e hizo una reverencia. Cada vez que levantaba la vista, guiñaba el ojo izquierdo, como si existiera entre ellos un acuerdo secreto. Eso a ella le pareció divertido, hasta que de repente solo vio sus piernas elevándose en el aire, dentro de delgados y remendados pantalones de terciopelo. El hombre estaba haciendo la vertical. Cuando reapareció su rostro enrojecido, acalorado y amable, la mujer ya había llamado a la policía. 
Y mientras que él, envuelto en una sábana, aparecía alternativamente en ambas ventanas, ella distinguió ya a tres cuadras, por sobre el tintineo del tranvía y el ruido amortiguado de la ciudad, la sirena del carro de asalto. Evidentemente su explicación no había sido muy clara y su voz había sonado exaltada. El hombre mayor se rio ahora, de modo que su rostro se llenó de profundas arrugas, luego se pasó la mano por encima con un gesto vago, se puso serio, pareció sostener la risa por un segundo en la mano ahuecada y luego la arrojó hacia el edificio de enfrente. Solo cuando el vehículo ya doblaba por la esquina, la mujer logró arrancarse de su vista. 
Llegó abajo jadeante. Alrededor del patrullero se había reunido una muchedumbre. Los policías habían bajado de un salto y la masa fue detrás ellos y de la mujer. No bien se intentó dispersar a la gente, todos aclararon al unísono que vivían en ese edificio. Algunos los acompañaron hasta el último piso. Desde los escalones observaron cómo los hombres, luego de golpear en vano, y de que el timbre evidentemente no estuviera funcionando, abrieron la puerta a la fuerza. Trabajaban rápido y con una seguridad de la que cualquier ladrón hubiera podido aprender. Tampoco vacilaron ni un segundo en la antesala, cuyas ventanas daban hacia el patio interno. Dos de ellos se quitaron las botas y dieron la vuelta pegados a la pared. Entretanto, había oscurecido. Se toparon con un perchero, notaron el rayo de luz al final del estrecho pasillo y se dirigieron hacia él. La mujer avanzó a hurtadillas tras ellos. 
Cuando la puerta se abrió de un golpe, el viejo seguía junto a la ventana, dándoles la espalda. Sostenía una almohada grande y blanca sobre la cabeza, que se quitaba una y otra vez, como explicándole a alguien que se quería ir a dormir. Había levantado la alfombra del suelo y ahora la llevaba sobre los hombros. Como era bastante sordo, tampoco se dio vuelta cuando los hombres ya estaban bien cerca de él y la mujer ya podía ver por encima del viejo su propia ventana a oscuras.
El taller del piso de abajo, tal como ella había asumido, estaba cerrado. Pero en el piso de arriba debían haberse mudado inquilinos nuevos. Habían acercado una cuna a una de las ventanas iluminadas, dentro de la cual estaba parado un niño pequeño. También él llevaba su almohada sobre la cabeza y la frazada alrededor de los hombros. Saltaba y saludaba hacia el edificio de enfrente, berreando de alegría. Se rio, se pasó la mano por encima de la cara, se puso serio y pareció sostener la risa por un segundo en la mano ahuecada. Luego se las arrojó con todas sus fuerzas en la cara a los policías.

 

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